Sincronía (micronovela – Parte 1)

sincronia

No hay casualidades y el destino está en entredicho.

Capítulo I

Como todas las mañanas, el tren de las 9:00am llegó a la estación de aquel antiquísimo pueblo, perdido en el tiempo entre las blancas montañas que rodeaban al caserío.

Cabras que serán rematadas en la gran ciudad y gallinas ponedoras son parte común del equipaje de aquellos pueblerinos, que entre chismes y trueques, esperaban al rudimentario medio de transporte.

Entre la multitud, una joven también aguardaba, mirando a su alrededor como quien teme ser encontrada. Sus trenzas y el rubor que daba color a sus blancas mejillas, ocultaban todo el dolor que su huida le acarreaba.

Un estruendoso silbido anuncia la parada del armatoste locomotor y las viejas puertas metálicas se abren, dando paso a la gente y sus multicolores bultos, maletas y cargas.

La gran mayoría, entre ellos la joven, debe conformarse con viajar de pie, pues como de costumbre ya la vieja locomotora viene llena de pasajeros desde los anteriores pueblos donde hace sus paradas previas.

Unos cuantos empujones y miradas de reojo dan paso al acomodo, al tiempo que vuelve a sonar el silbato y reanuda su bulliciosa marcha el ferrocarril.

La chiquilla de apenas 19 años sintió su corazón latir más acelerado, aunque su rostro seguía sin evidenciar su angustia, adornado por una pequeña flor roja en su trenza izquierda, un toque que su madre le enseñó y que por alguna razón la hacía sentir segura.

Sus miedos sólo quedaban en evidencia cuando sostenía con más fuerza la bolsa tejida, que llevaba como único equipaje; allí guardó apresurada una camisa de faroles, un faldón a flores, un peine de dientes de madera, la foto de su hermanita abrazada a su ya fallecida madre, y un pañuelo de terciopelo donde ocultó el poco dinero que logró robarle a su padrastro.

Sus enormes ojos negros vieron a través de las ventanas alejar su pasado, al que jamás volvería, o por lo menos eso se juraba constantemente.

Una lágrima asomó lo profundo de su desesperación, pero se la secó rápido con la mano. No es propio de una señorita, sin importar que acababa de abandonar todo para huir de un matrimonio a la fuerza, dejando a su hermana menor sola y a Esteban, el amor de su vida, enterrado en el cementerio, sin lápida y sin flores, por haber intentado salvarla de aquel cruel destino.

Y es que, de la manera más cruel, la joven pueblerina aprendió que ante el dinero el amor poco margen tiene de sobrevivir.

El tren seguía su curso, como el destino de aquella mujer, cuyo final, así como el de todos los pasajeros, estaba a punto de suceder abruptamente.

Capítulo II

La mañana transcurría con la neblina acompañándoles a través de las montañas, cerpenteadas por los rieles. El tren continuaba su curso empujado por la fuerza de la vieja maquinaria a vapor.

Algunos vagones eran de pasajeros, otros eran usados para transportar la madera y unos cuantos para llevar animales más grandes, como vacas, caballos y puercos. Estos vagones son cerrados, como pequeños hangares, ideales para el refugio de vagos y trotamundos, cuya miseria les obligaba a escabullirse y resguardarse del frío entre las bestias.

Hombres y mujeres sin rumbo, alejados de su pasado y de ellos mismos. Algunos dicharacheros y otros taciturnos, como aquel hombre rubio que apenas con 33 años ya se había labrado una vida fútil, luego que perdiera al amor de su vida hace ya cuatro años, en el volcamiento de un tren muy parecido a ese en el que se transportaba.

Solo quienes han perdido el sentido de sus vidas podrían comprender la mirada extraviada y vacía de aquel hombre. Su piel es clara, ennegrecida por el hastío y sus facciones ahora son cadavéricas, avejentadas por una barba irregular.

Al fin el tren llega a la penúltima parada, en la estación del pueblo más cercano a la ciudad, camino al pie de montaña. El vapor que libera la presión cuando el tren se detiene, envuelve todo por unos segundo, tiempo que aprovecha el vagabundo para saltar del vagón y mezclarse entre la gente, con la intención de fugarse hacia el pueblo, cualquiera que fuera, eso realmente no importaba; robaría comida y quizás alguna camisa limpia y regresaría para tomar otro tren, como hacía desde ya hace un tiempo, tal vez con la esperanza de estar abordo en el próximo volcamiento y unirse así a su amada.

Evidentemente todos se alejaban de él por su aspecto andrajoso, pero el barullo para subir al tren era tal que no pudo pasar.

Nuevamente el silbato de la locomotora anunciaba la partida, más pronto que de costumbre, pues de la estación central alertaron de una ventisca en el Paso del Águila, donde sin saber, todos aquellos que empujaban salvajemente para subir, obligando al pordiosero a entrar a uno de los vagones de pasajeros, morirían irremediablemente.

Entonces, el tren reanudó su camino.

Capítulo III

El Paso del Águila es el último sector montañoso del camino hacia la ciudad. Es un pequeño valle donde convergen las faldas de cuatro picos. Pareciera imposible ver su fondo, por lo que para atravesarlo el tren requiere pasar sobre un largo puente metálico, lo que en aquella creciente ventisca preocupaba al conductor.

A aquel anciano del puesto B8, en cambio, esto no parecía importarle, pero es que hace tiempo que ya casi nada le hacía sentir miedo, o alegría o enojo. A veces ni recordaba cómo era ser movido por alguna de esas emociones.

A sus 87 años, una piel casi traslúcida y unos ojos azules encendidos, hundidos en su rostro por el paso del tiempo, daban fe de todo el vacío que enfriaba su alma.

Era de los afortunados que viajaban sentados, si es que estar allí sumido en el frío y existiendo a medias, tenía algo que ver con la fortuna.

Sin embargo, algo capturó su atención, parada casi frente a él estaba una hermosa señorita de trenzas y vestido largo, con una flor roja que adornaba su peinado. Él supo de inmediato que un gran dolor ocultaba la chica bajo esa apariencia mesurada. Era hermosa, tanto que le hizo recordar a su Beatriz, en sus años mozos cuando se la robó de un matrimonio a la fuerza, haciéndose cargo de ella y de la hermanita menor.

Cincuenta años se acompañaron y se amaron, hasta aquel terrible accidente en el que él cayó de la mula colina abajo, mientras buscaba madera, y desde entonces vagaba entre los vivos en aquel tren, sin saber por qué.

– Buenas tardes, disculpe señor – lo sorprendió la voz casi ahogada, pero dulce de aquella señorita- no quiero importunarle, pero ¿sabrá usted si hay otra parada antes de llegar a la ciudad?

-Había una, señorita – respondió devolviendo la sonrisa- justo antes del Paso del Águila, la llamaban Los Pinos Rotos. Pero creo que está clausurada. Si lo que teme es la tormenta, no se preocupe he pasado por allí cientos de veces, muchas más de las que desearía. – de pronto, observándola bien, el octogenario queda sorprendido con el parecido a su esposa, entonces cayó en cuenta de la incomodidad de la joven – Bella dama, disculpe, es que usted me recuerda a alguien.

La joven miró hacia atrás, como comprobando si eran para ella aquellas palabras. Entonces le sonrió al caballero y con una voz más desenvuelta le dijo.

– Encantada, señor. Mi nombre es Beatriz.- el anciano quedó desencajado, sus labios intentaron moverse.

-¿Beatriz, Beatriz Montés?- le quitó la palabra otro hombre. Se trataba del vagabundo, que se encontraba a algunas personas de distancia en el atiborrado pasillo, luego que fuera obligado a abordar aquel vagón.

-¿Eres tú?- Continuó masticando mientras se abría paso atropelladamente – pensé que habías muerto, que te había perdido en aquel maldito tren.

Su aspecto hizo que la joven se alarmara. El anciano aún estaba paralizado por escuchar aquel nombre y aquellas palabras.

-¿Quién es usted, qué quiere?- dijo Beatriz, levantando una mano para resguardarse del sofocado maltrecho que se paró a su lado.

-¿No me reconoces? Soy yo… Esteban.

– ¿Esteban? – exclamó el anciano al tiempo que se ponía de pié. – Esto no puede estar pasando – se dijo más a sí mismo que a los demás – ustedes dos, deben bajar del tren, ahora, o no podrán hacerlo nunca.

Las caras de Esteban y Beatriz mostraron la inevitable expectación ante las inesperadas palabras de aquel hombre arrugado.

– ¿Y usted quién es, viejo loco? – perdió la paciencia el vagabundo.

– Mi nombre, al igual que tú, es Estaban- respondió lentamente, entonces posó su mirada en la joven- y yo estuve casado 50 años con esta mujer, pero en otras vida, seguramente.

Justo en ese momento sonó el silbato del tren, alertando a todos los pasajeros que algo terrible había en el camino, más terrible de lo que nadie podía imaginar.

(Continúa…)

5 pensamientos en “Sincronía (micronovela – Parte 1)

    • Muchas gracias por tus palabras Paulina, de verdad me hace feliz que te haya gustado. Te cuento que en efecto estoy escribiendo un libro, el primero que intento. Espero le guste a alguien jejeje. Un abrazo.

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