Corotos (micronovela – 1)

blog 2Dedicada a los ángeles que nos cuidan.

I

Había mucho silencio y tranquilidad en la habitación. Sólo el suave murmullo del ventilador acompañaba la respiración de aquel hombre, mientras aún dormitaba en su cama matrimonial, que ahora era sólo para él, desde que pasó lo del divorcio hace ya un año y medio.
El cronómetro del ventilador negro de piso marcó las cinco horas de funcionamiento que tenía preestablecidas y se detuvo, lo que dio paso a unos segundos de silencio. Posteriormente, y como era costumbre, el reloj despertador que estaba en la mesita de noche, al lado de la lamparita roja, sonó puntual a las 5:00 a.m.
Casi al unísono el televisor se encendió, en el canal de noticias, como estaba programado rutinariamente y, allá en la cocina, la cafetera automática comenzó a colar el café.
Fue así como inició nuevamente el día para el inquilino del apartamento Nro. 5, en el 2do piso de aquel antiguo edificio gris, ubicado en una zona clase media de la convulsionada ciudad capital.

II

Se dejó perecear unos minutos, mientras desde la TV se escuchaba a la presentadora del noticiero hablando de los problemas económicos a nivel mundial. Suspiró, dándose por vencido, volteó boca arriba y por fin abrió los ojos para despertar, cosa que cada vez se le hacía más difícil, por ese asunto de la soledad.
Lo primero que vio, aún tumbado en la cama, fue la lámpara blanca con un diseño circular moderno, recién instalada en el techo de ladrillos rojos de su pequeño apartamento, de apenas 36 metros cuadrados.
Justo como indicaba el manual, el sensor de la lámpara hizo que encendiera su luz blanca paulatinamente, hasta que toda la habitación estuvo iluminada. Sonrió orgulloso de su nueva adquisición, que para ser honestos pudo comprar sólo porque estaba en precio de remate.
La iluminación dejó ver las paredes blancoperladas, acompañadas por algunos cuadros coloridos y una repisita donde estaba una vieja cámara fotográfica y dos portaretratos, que luego de finalizada su relación ya no mostraban ninguna foto de momentos felices.
Posteriormente, aclaró más cuando el hombre, que aún estaba en calzones, desplegó las cortinas y abrió el gran ventanal con que contaba la fachada.Como todos los días, el hombre de unos cuarenta y tantos, inició el ritual de desperezarse, bañarse, arreglarse y salir al trabajo, no sin antes tomar una taza del café ya colado en la cafetera y sacar de la nevera el almuerzo que se preparó él mismo la noche anterior.

III

Ya vestido y con su mochila a cuestas, cerró la ventana y el clóset de puertas de madera corredizas -que estaban desde hace tiempo algo descuadradas-, luego dio, por tercera vez, un recorrido preventivo para verificar que todo estuviese apagado, y que tanto la bombona de gas como los grifos de agua se encontraran cerrados.
– Humm, una pequeña gotera en el lavamanos – pensó- Bueno, la arreglaré cuando regrese.
Abrió la puerta de su apartamento, se persignó y justo antes de irse dio una última mirada al lugar, conformado por un baño, una cocina estrecha, un espacio lavandero con un tendedero plegable de pared y una habitación amplia que funcionaba también como sala.
Allí, al lado del dormitorio, estaban una mesita redonda sobre una alfombrita de color marrón claro, una angosta biblioteca vertical de fórmica y un sofá de dos puestos, muy cómodo pero muy viejo, donde durmió los primeros meses cuando llegó hace 10 años a la capital. Ya estaba roto, por lo que desde hace tiempo lo cubrió con frazadas de colores y cojines, y ahora formaba parte de lo que consideraba su hogar.
Al recordarlo sonrió y sin más, se marchó, no sin antes hacer lo que su abuela le había enseñado algún tiempo atrás, encomendar a las almas benditas que durante su ausencia cuidaran sus “corotos” -como le dicen en su tierra natal a los objetos o cosas de pertenencias sin mucho valor monetario-, aunque en el fondo, más que por fe fuese la costumbre la que lo impulsara a hacerlo.

Cerrada la puerta, el lugar quedó nuevamente en silencio y soledad… pero como se vería en unos minutos, no permanecería en silencio por mucho tiempo y mucho menos estaba solo en realidad.

(…)

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