Adiós Esperanza (Cuento)

Esperanza

Fue en medio de la tarde cuando la pequeña Esperanza vio en sus manos la desesperación y en su corazón la certeza de la pérdida. Pero la pérdida no era un problema, pues segura estaba que ya no le pertenecía absolutamente nada.

Fue cuando el corazón del animal se detuvo, que vio en la lejanía la falta de su existencia y de su compañía. Realmente no lo entendía, ni recordaba si de antemano le conocía. Era un terrier de pigmentación blanca con una mancha negra en el ojo, que hace unos segundos agitado le llamaba cuando un veloz vehículo negro dejó atrás sus ladridos y de Esperanza, su efímera alegría.

Recién había despertado, no habrán pasado más de cinco minutos, y la pequeña Esperanza había comenzado a observar aquella urbe, engendrada de ambiciones y necesidades colectivas. Sentía conocer la ciudad, saber de qué su espíritu estaba hecho y de su energía viva lo que traslucía.

Había recorrido con su aura los callejones, las grandes avenidas y las construcciones, en busca de signos humanos de todos aquellos humanos que la habitaban y la padecían. Y lo extraño es que aunque todos sin saberlo la necesitaban y desde hace tiempo la clamaban, nadie en aquel momento de la pequeña Esperanza se percataba.

Entonces vio Esperanza a aquel cachorro, que enérgicamente le ladraba y con brincos le sonreía. Un collar azul en su cuello mostraba que en efecto tenía dueño, aunque dónde estaba no se sabía,  porque en medio de una conmocionada avenida el cuadrúpedo solo estaba. Pero a Esperanza nadie más la veía, quizás por eso nadie se detuvo, ni de su luminoso ser se sorprendía, todos andaban demasiado ocupados en sus propios pensamientos y temores. Ni siquiera el distraído conductor de aquel chevrolet malibú color negro, que sin aviso dio fin a los enérgicos ladridos del cachorro, y trajo al lugar un fúnebre silencio.

Nadie por aquella tragedia se conmovió, quizá porque todos de sus afanes se regocijaban. La gente iba y venía, salía y entraba, entre otra gente se perdía y entre más problemas se sumergían. La gran metrópolis, con su propio ruido se silenciaba, mientras Esperanza, inmóvil, seguía con la vista fija en el cuerpo frio del pequeño animal.

Tan absortos estaban todos entre sus dilemas y cavilaciones, que nadie notó las lágrimas de la pequeña que postrada estaba en medio de la calle. Nadie se fijó que sus alas caían tristes hacia el pavimento, ni que su aureola apesadumbrada se extinguía de a poco. Los transeúntes continuaban su camino, ensimismados, pidiendo al cielo que algo o alguien notara su propio sufrimiento. Así iban al trabajo, caminaban hacia la universidad, salían del mercado, recorrían las tiendas y simplemente vivían, o eso creían.

Sin que nadie les viera, de tanto en tanto subían de reojo la mirada al cielo y por un segundo maldecían; maldecían su suerte y su ignominia, y todo esto mientras cruzaban la calle pisando sin reparos las alas de aquel ser que tan frágil se mostraba. Nadie del perro se percataba y mucho menos de aquella personita alada. No era por el can que Esperanza lloraba, sino por el destino de aquella ciudad fría e impía. El pequeño ángel por las plegarias no había aún ascendido, para constatar lo que tantas oraciones en murmullo exclamaban: “¿Por qué a mí?”, “¿por qué yo?” y “¿por qué mi suerte así ha sido echada?”, se decían.

En ellos mismo Dios habitaba, pero a distancia se veía que lo ignoraban. Sólo de ellos se preocupaban, sin notar incluso en sus semejantes la agonía. Sin poder contener más tanta impotencia, Esperanza tomó la frágil alma de aquel peludo ser que yacía ensangrentado en sus brazos y a volar echó sin más miramientos. Nadie la despidió, ni siquiera uno solo de quienes por allí transitaban se inmutó.

Sin importar la sangre derramada, nadie vio el cuerpo del perro ni el de su ama que junto a éste yacía: una pequeña niña que por ser ciega también encontró fin en aquella vía. No habrán pasado más de cinco minutos del primer accidente, auto rojo sin capota, y sólo su fiel mascota vio en el ángel que se convertía y por eso, del medio de aquella avenida el can no se movía. Así soy, así somos, creyéndonos merecedores de una compasión que no demostramos y de un amor que no entregamos. Pidiendo milagros que no fomentamos y un respeto que a nada ni a nadie damos. Seres humanos somos y sólo por eso de ser humanos nos jactamos.

La pequeña invidente quizás presidenta algún día sería, doctora, arquitecta o tal vez  policía; quizás su compasión todo lo cambiaría. Pero cómo saberlo, ya se fue, no existía. Se fue lejos convertida en ángel, con su perrito y su fe perdida. ¿Por qué buscan afuera lo que sólo pueden encontrar adentro? Se dijo mientras se alejaba ¿Por qué culpan a otros de sus propias decisiones y tribulaciones? Adiós Esperanza, vuela lejos de este lugar, donde por egoísmo y ceguera, nadie en verdad te merecía. perro

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