Volar y vivir: un mero ejercicio de comparación crítica.

Abordo, luego de pasar el checking y el sellado del pasaporte, las inexpresivas aeromozas  proceden a la rutinaria explicación del uso de los implementos de seguridad, con el típico juego de mímicas que le acompañan; cinturón de seguridad, salidas de emergencia, máscara de oxígeno y chalecos salvavidas. Entonces, dejamos el suelo.

“Nuevamente en el aire, literal y figurativamente”, me digo, porque nada termina siendo realmente importante o relevante, cuando te encuentras a 11 mil pies de altura, a una velocidad impresionante y dependiendo solo de aquellas leyes físicas con las que el hombre se hizo para poder despegar del suelo, mediante sendos aparatejos con alas como en el que en esos momentos me encuentraba, divagando y escribiendo.
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Así igual, como este viaje, defino lo que me espera a mi regreso, a tan solo unos días de ausencia de mi casa y de mi tierra; cortos en tiempo, pero inmensos en experiencia. Decisiones que revolotean en mi pensamiento, por situaciones que urgen soluciones; soluciones que quizás resultan inminentes ante tan claras evidencias y procederes de tan mal tino y de serias imprudencias.

De Ciudad de México a Caracas, pasando por Bogotá, hay tiempo suficiente para pensar. Aproximadamente 9 horas para reflexionar en la situación de vida que llamas rutina y la persona con la que compartes la vida.

En una aeronave en vuelo no hay “deténgase que aquí me bajo” o “vaya más despacio que mareo”, tampoco hay retroceso y mucho menos paradas de chequeo. Así igual la vida sigue su andar sin miramientos ni condiciones, valga decir entonces, estorban las indecisiones y mucho más los arrepentimientos.

Es interesante, por decir menos, las similitudes entre un viaje en avión y el vivir un tramo de existencia, su presunto albedrío y sus múltiples consecuencias.
Creemos tener el control y los elementos de seguridad y prevención que nos permiten cierto grado de tranquilidad; están además las condiciones que te ofrecen distinción, reclinas el asiento y esperas de la tripulación la mejor atención. Entendiendo, a veces crees tener un nivel y un estatus diferente, elevado, crees.

Entonces ocurre, turbulencias al azar, a veces lo suficientemente fuertes como para hacerte pensar: realmente no tienes el control y hay pocas cosas que, si han de suceder, podrás evitar.

Mientras el avión se sacude y enciende la luz de abrocharse el cinturón de seguridad, una voz lejana desde un micrófono te informa que debes permanecer sentado. La aeronave se sacude y te sacude, lo que normalmente suele durar unos segundos, pero a veces simplemente no.

Te acuerdas de la existencia de Dios.

Tu pensamiento trasciende tu ego y complejos de una vida a la que hay que comprarle un significado, y de pronto tan solo con vivirla un poco más te conformas. Irónico sí, pero no descabellado.

Al tranquilizarse la situación, vuelves al cómodo proceder, pero quizás con un respirar diferente y una visión que le complementa.

Ahora que ha terminado el viaje, he concluido que de todo lo que nos ocurre lo mejor es reflexionar, pues creo que el aprendizaje y sus emociones son lo único que realmente nos hemos de llevar, porque en la vida, así como al volar, no hay vuelta atrás y es mucho de lo que dependemos, más allá de lo evidente, para poder a nuestro destino  llegar, si es que de llegar se trata y no del solo hecho de viajar.

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