“Cosas del Diablo” (Narrativa)

Cosas del diablo

Encontrar una habitación decente para alquilar, en un buen vecindario o por lo menos tipo “clase media”, no es fácil en esta convulsionada ciudad. Por eso, allí estaba yo, esperando por el dueño del apartamento en el que alquilaría una habitación “con derecho a todo”, según decía el anuncio en el periódico, que encontré en la mañana.
Ya había contactado al propietario hace una hora, un tal Jacinto Ramírez, y dijo que se retrasaría un poco debido al tráfico de la hora pico. Fue cuando esta dulce señora me encontró en la entrada del edificio y me invitó a esperar en su apartamento, que es el contiguo. Me sirvió una taza de café y antes que yo pudiera dar el primer sorbo, comenzó a hablar en un tono afable y anecdótico:
— Ese apartamento es muy bonito, mijo, yo que se lo digo, una vez se me quedaron las llaves dentro de mi apartamento y mientras esperaba al cerrajero, José me invitó a pasar a su sala. Pero no se confunda, José no es el dueño del apartamento, es Jacinto, ya lo conocerá, no debe tardar.
Usted no me lo ha preguntado, pero le cuento que Jacinto y José son muy buenos amigos, tienen años viviendo juntos — la doñita siguió hablándome como si yo fuera un amigo cercano; a mí, a quien no tenía ni diez minutos de haber conocido. Puso unas galletas sobre la mesa, sin detener sus palabras. —
Jacinto es catire, pelo rubio, medio calvo, de esos que parecen gringos hasta que abren la boca y se les sale lo criollito; usaba una barbita algo desaliñada, como eran algunos de sus modales, antes de conocer a José.
José, por otra parte, es más joven y moreno, medio peruanito, aunque dice él que es de aquí. Muy amable en sus modos y dispuesto siempre a tender una mano a quien lo necesite y más a sus amigos, como lo es Jacinto, que como le dije, es muy, muy buen amigo de él.
Tan amigos, que cuando José decidió mudarse de la casa de su mamá Jacinto le ofreció que se quedara con él, y viven juntos desde entonces, lo que me parece muy bueno, porque un hombre viviendo solo, soltero, en una ciudad como esta, se puede prestar para muchas cosas del diablo — yo seguía allí, incólume, con la tasa de café aun en la mano. Ella Tomaba sorbos y proseguía.—
Jacinto es cuarentón, estuvo casado e incluso tuvo un hijo, Miguelito. Es adorable, aunque cuando viene siempre debo guardar las maticas esas que tengo en el pasillo, usted sabe, los niños y sus pelotas, son unos diablitos. Con toda honestidad, el niño no se parece mucho a Jacinto.
La gente envidiosa dice que no es de él, que fue un… bueno, un cacho, usted sabe. A mí no me gusta andar repitiendo esos chismes, pero la verdad, verdaíta, es que Miguelito es medio negrito, cosas de la genética, seguramente. — yo ni parpadeé.—
Por aquel tiempo en que conoció a José, Jacinto ya estaba teniendo problemas en su matrimonio, su mujer lo dejó y se llevó al niño. Menos mal que Jacinto y José empezaron a ser muy, muy, muy buenos amigos. A Jacinto se le pasó la depresión. Yo siempre le pedía a los ángeles que lo animaran y creo que me escucharon, porque hasta lo vi más feliz que cuando estaba casado.
Cambió su forma de vestir, su peinado y se arregló la barba, se veía más refinado, hasta el tono de voz creo que le cambió, o quizás serán ideas mías, es que tengo estos oídos míos que ya no quieren servir para nada.
Sí, José y Jacinto se tomaron mucho cariño, se les veía, andaban siempre juntos; aunque en el fondo yo creo que Jacinto quedó muy destrozado por lo del divorcio, porque se ha negado a conocer otra mujer. Seguramente tiene miedo a enamorarse de nuevo, como el protagonista de “Luna de Pasión”, la telenovela que pasan a las cuatro.
Pero quién no le tomaría cariño a José, ya verá que le va a agradar, es un jovencito como de veintitantos, siempre sonriente y haciendo reír a los demás. Eso sí, es de un comportamiento algo delicado, por eso a veces creo que es… bueno usted sabe, así como… medio ma… malcriado. Seguro en su casa su mamá lo consentía mucho o algo de artista debe tener.
A veces creo que Jacinto también lo malcriaba mucho y eso hizo que José lo viera como una figura paternal, se lo digo porque una vez, cuando yo estaba limpiando el pasillo, escuché que José le decía “papi” a Jacinto, o quizás escuche mal, estos oídos míos que siempre me andan fallando. —no acaté a hacer ningún comentario, pero seguramente mis ojos desorbitados ya eran bastante elocuentes.—
Y le advierto una cosa, si va a alquilar la habitación, debe saber que esos muchachos son muy fiesteros, les gusta invitar a sus amigos los fines de semana. A mí no es que me agrade mucho, pero me tranquilizo porque son muy respetuosos, no andan metiendo mujercitas a cada rato; es más, ahora que lo pienso creo que siempre son muchachos o señores, que muchas veces se quedan a dormir, lo que me parece muy bien, porque salir por ahí con tragos en la cabeza en la madrugada son cosas del diablo. — comenzó a recoger el plato donde estaban las galletas que ella sola se comió.—
Me imagino que siempre ponen colchonetas, porque la vez que estaba yo esperando al cerrajero noté que el apartamento solo tenía una habitación, con una cama inmensa, la otra la habían convertido en estudio. Aunque ahora, por la situación económica la pusieron en alquiler, o eso me pareció escucharles, como le dije mis oídos no sirven para nada.
Y el apartamento es de muy buen gusto, tiene mucho arte griego… o romano, yo no sé bien de esas cosas; tiene pinturas y una que otra escultura, de esas que se ven torsos de hombres desnudos, como la escultura esa de Miguel Ángel. Es que ellos son muy conocedores.
Y para seguir con la conversa, le cuento que algunos hombres que vienen a esas fiestas son visitantes regulares, creo que son sus mejores amigos y algunos familiares, como ese primo de José, que siempre lo visita cuando Jacinto no está. Siempre es en las tardes, yo creo que también son muy, muy, muy buenos amigos, y se la pasan jugando con el Wii, el aparatejo ese que juegan en la televisión pegando brincos, como el que tiene mi nieto, porque cuando José y el primo se reúnen he alcanzado a escuchar unos ruidos que…
“Suficiente”, pensé, coloqué la taza de café sin haberla probado sobre la mesa, me levanté y agradecí a la señora su amabilidad, dispuesto a retirarme.
– ¿Se va, no va a esperar a Jacinto?
– No, gracias, usted me ha hecho ver que vivir en ese apartamento, no me va a funcionar.
– Pero ¿por qué?
Pude haberle respondido que porque no estoy dispuesto a volverme muy, muy, muy buen amigo de Jacinto, ni de José, ni de ningún otro hombre, o porque no quiero saber dónde duermen los “fiesteros” en las noches, ni quisiera imaginarme llegar una tarde y encontrar a José “jugando Wii” con su primo en medio de la sala; porque además ahora me angustia mucho la coletilla de anuncio en el periódico de “con derecho a todo” y que ni por un instante quisiera tener de vecina a una señora con tan buen oído como ella, y de tan buena “conversa” sobre la vida de sus vecinos. Pero en lugar de todo eso, solo dije:
– Es que no me gusta el arte griego y menos el romano.
Hizo una mueca de confusión, pero yo sonreí y sin darle tiempo a reaccionar salí de ese apartamento, del edificio, de la vida de Jacinto y de José, y de la doñita, porque con toda seguridad les digo que el haberme quedado habrían sido, por decir menos, “cosas del diablo”.

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