Organización y Gerencia: Con licencia para equivocarse

Para iniciar estas reflexiones sobre la gestión de errores en el ámbito comunicacional empresarial, primero quise delimitar el concepto de “error”, para lo cual acudí de inmediato a los dos infaltables de la Web para estos menesteres; primero la RAE, que me proporcionó diversas definiciones, de las cuales, a los fines de este escrito, considero que serían las siguientes las más oportunas:

1. m. Concepto equivocado o juicio falso. / 2. m. Acción desacertada o equivocada. / 3. m. Cosa hecha erradamente.

Posteriormente me fui a Wikipedia, lean la definición con la cual nos recibe:

“El error, en filosofía, es un concepto que pertenece a la esfera del juicio, o sea de las actitudes valorativas. En general, se denomina error a todo juicio o valoración que contraviene el criterio que se reconoce como válido, en el campo al que se refiere el juicio”. Claro, ofrece otras acepciones

Sin embargo, organizacionalmente hablando, quizás más que el concepto, lo importante es la percepción que de ellos se tiene, así como sus posibles consecuencias en el ámbito profesional —e incluso personal—, para lo cual considero más oportuno usar como insumo el planteamiento del especialista en Gerencia y Gestión de Negocios, Félix Socorro, según el cual “los errores siempre han sido vistos como muestras de incapacidad, falta de atención, desconocimiento e inexperiencia, entre otras cosas de corte similar, hasta el punto de generar decisiones terminales que sirvan de ejemplo al común para que eviten a todo riesgo la posibilidad de equivocarse.”

Partiendo de estas disertaciones, procedamos a realizar un sencillo ejercicio de deducción ilativa: si errar es de humanos e incluso le es implícito – porque como ya dijimos, depende del criterio y contexto según el que se juzgue a una determinada acción – y si además recordamos que las organizaciones, por lo menos tradicionalmente hablando, están conformadas por humanos, seres de carne y hueso, con capacidad de decisión, pensantes; entonces, podriamos concluir que todos los niveles de la organización son susceptibles a errar, entiéndase, a cometer errores o en jerga de uso popular a “meter la pata”.

Este planteamiento puede ser liberador; minimiza la presión pues “todos podemos equivocarnos”, “el que esté libre de pecados que lance la primera piedra” y muchos otros apelativos que no alcanzaré a enumerar, pero que ofrecen un colchón de aire, que puede resultar tentador, si no fuese porque no disculpa la falta de planificación, la carencia de conocimiento y de criterio especializado, la desorganización, un enfoque no asertivo o la minusvalía académica y experiencial, y mucho menos resuelve el asunto de las consecuencias que produjo dicho error.

Bueno, pero entonces… ¿Tenemos o no licencia para errar?

Dos caras de una misma moneda

A la luz de estos planteamientos, cabe intentar analizar la situación desde sus dos perspectivas criticas. Por un lado, como organización ¿qué tan abierto a los errores debo estar, si disminuyen la confiabilidad y el margen de resultados, aunque mi recurso humano no sea ‘responsable’ de éstos, por el hecho de que es en esencia humano?

Pero por otro lado, como trabajador podría preguntarme ¿es correcto que sea amonestado por un error, siendo que todos en la organización los han cometido, y si no, pues “están cerquita” de hacerlo? ¿Es justo que esté preocupado por el riesgo de equivocarme, cuando evidentemente me es tan natural como las ideas o los aciertos?

Ante las anteriores interrogantes, me atrevo a decir que si hay una palabrita que ha permitido una dinámica armoniosamente complementaria entre los dos vértices de esta aparente disyuntiva, cuyos componentes son evidentemente inestables, es la ética.

Hablamos del eterno conflicto del ser y el deber ser, con inimaginables aristas en el hecho moral, filosófico, político, cultural y pare usted de contar, lo que termina conduciéndonos, por inferencia lógica, a otra palabrita, que para mí es el “abracadabra” que cristaliza todo lo que alguna fue vez una idea, en un hecho concreto, y cabe decir para el tema que nos concierne, sea éste acertado o errado; me refiero sin duda, a la decisión.

Víctor Guédez lo plasma de manera simple y efectiva, “la ética implica decidir, y el decidir convoca a la conciencia”. Es decir, sin importar todas las implicaciones que los errores puedan conllevar, y la consecuente imposición de castigos, lo que realmente debemos mantener en foco es el compromiso que para con nuestra organización tenemos —y claro, para con nuestra propia calidad profesional—, el cumplimiento de objetivos conjuntos por el bienestar general, porque al fin de cuentas todos salimos ganando con el logro común.

Según mi punto de vista, deberíamos, a pesar del nivel de riesgo de errores, tomar en consideración este factor de inducción al logro, desde el nivel decisorio hasta el operativo, pasando por los planificadores y por su puesto los evaluadores, para alcanzar un acuerdo común en el que se administren adecuada y equilibradamente las sanciones, para no desestimular las iniciativas y la pro actividad, pero así mismo se implementen eficientes políticas de asimilación de consecuencias y corresponsabilidades, para minimizar la tendencia a la mediocridad.

Con estas reflexiones estamos tocando el tema de manera somera, pues el asunto de los errores es complejo, y en consecuencia también su tratamiento comunicacional, sobre el cual ahondaremos en una próxima oportunidad, porque si errar es de humanos, gestionarlos comunicacionalmente de manera efectiva, es de comunicadores.

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Guédez, V. (2008) Ser Confiable. Editorial Planeta.

http://www.gestiopolis.com/canales2/rrhh/1/errarfelix.htm#mas-autor

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