Un lugar feliz (relato).

Silencios González, mi querida señora, pase, adentro está fresco, mire que este es el marzo más caluroso que hemos tenido en años. Por favor recuéstese, cierre los ojos, respire lentamente y relájese, hoy usted saldrá de aquí con un gran progreso, se lo aseguro. Revisaremos esos pensamientos que últimamente han estado atormentándola.

Por favor, ponga su mente en blanco.

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Quite esa cara de asustada, Doña Silencios. Nos conocemos desde hace mucho, pero aquí soy su terapeuta. Solo usted, yo y sus recuerdos.

¿Cómo están todos en su casa? Espero que bien, ese barrio ha crecido mucho desde que usted regresó hace tantos años a este pueblo. Su nieto Toñito sigue igual de travieso imagino, la profesora María dice que es muy inteligente.

Su hijo me llamó el otro día, preocupado, dice que la ha visto como melancólica últimamente, callada, ensimismada, como ausente, suspirando por los rincones de su casa. Me dijo que usted no ha querido decirle a nadie qué la tiene apesadumbrada. No, no se preocupe, tampoco tiene que contármelo a mí, si usted no lo desea, pero me alegro que le haya hecho caso y haya decidido venir.

Debe evitar tantos calmantes, Doña Silencios. Mejor tratemos de llegar hasta su subconsciente. Quizás afloren los recuerdos y pensamientos que le atormentan, tal vez sin siquiera usted saberlo. Para sanar, primero debemos olvidar y para eso, mi querida señora, el único camino es primero recordar.

Vamos a ver, concéntrese en su respiración. Aspire, expire, aspire, expire. Lentamente.

Mantenga sus ojos cerrados y su respiración pausada ¿Se siente cómoda en ese diván Doña Silencios? Mire que la edad no perdona, si lo sabré yo.

Sólo escuche mi voz, vamos a hacer una cuenta regresiva, mentalmente, y con cada conteo irá cayendo a un nivel cada vez más profundo dentro de su subconsciente. Cuando lleguemos a cero, imaginará que está en un lugar hermoso, quizás un valle, lleno de verdes praderas, con hermosos rosales como los que he vista allá frente a su casa, deben gustarle mucho; imaginará que bordean un riachuelo cristalino, cuyo susurro musicaliza el suave vaivén del pasto.

Allí, en una pequeña colina, habrá una cabaña llena de luz, construida de madera, con techo de paja y una leve inclinación en sus cimientos, como haciendo juego con el inmenso roble que le da sombra. Allí estará tranquila, feliz.

Aspire, expire… mantenga siempre los ojos cerrados y recuerde que con cada conteo se dejará caer un poco más en un estado de relajación.

Deje que su mente divague, no evada, enfrente; saque de usted los malos recuerdos; si aparecen en su mente, no luche contra ellos, son parte de usted, reconózcalos y luego avance.

¿Se encuentra preparada? Iniciemos el conteo…

Aspire, expire…

Diez.

“¿Por qué mami ya no se mueve? Se ve blanca ¿Ya no vendrá más pa’ la casa con nosotros? Tú lo prometiste papi ¿Quién va a cuidar ahora los rosales?”.

Los recuerdos más dolorosos, Doña Silencios, son los que con más ahínco se aferran a nosotros, a veces incluso cuando los creíamos curados.

Nueve.

“¡No por favor, no me toques! No me gusta, por favor. No pongas tus sucias manos sobre mí. Apestas a licor barato, me duele ¡No por favor!”.

Ahora ve a tu juventud, Silencios. Cuando te fuiste del pueblo, ¿Hay algo que te perturbe?

Ocho.

“¿Con tu secretaria, Antonio? Esa mosquita muerta de Rebeca ¡Yo lo sabía!… ¿Qué pasó con el amor que decías teneme? ¿Me trajistes a la capital para haceme esto? Eres como tu madre, te crees que por la plata eres más que los demás. Pero ya verás que nadie te querrá como yo ¿Pa’ dónde vas, Antonio? ¿Te vas con la zorra, verdad? Si sales por esa puerta, no regreses…”.

Sienta que flota, Silencios, que se desprende del suelo. Nada la puede tocar…

Siete.

“No, señor, no me devuelvo pa’ San Pedro. Sí, así es, estoy separá, Antonio se largó con otra, pero me dejó el apartamento, quizá por la culpa, no sé, pero no necesito que ni usted ni nadie me cuide y por favor no me llame más. Sabes que jamás te perdonaré. Debí denunciate pa’ que te pudrieras en una celda. Tus manos nunca más me tocarán… No, señor González, nunca más a usted le volveré a llamá papá”.

Se ve intranquila, no tenga miedo, está usted segura aquí. A veces el corazón simplemente nos protege, ocultando aquello que del alma es mortal verdugo…

Seis.

“¿Enfermo, pero cómo, Antonio? ¿Qué enfermedad es esa? ¿Y ella también? Te dije que Rebeca es una zorra, una regalá… ¿Qué dice el doctor?… ¿Cuánto tiempo?”

Está sudando mucho Señora Silencios, por favor, tranquilícese. No olvide respirar…

Cinco.

Tómate estas dos, luego te inyectamos el antibiótico. No seas necio, tómate las dos. Me tienes acatarrá con tus quejas, si te quieres morí allá tú, pero entonces lárgate y déjame a mí en paz. Vete pa’ donde tu mamá, que siente vergüenza de ti… o regresa pa´donde la mujercita esa que te infectó. No Antonio, no nos vamos pa’ San Pedro, tú tendrás vergüenza, pero sabes que desde que murió mamá no tengo na’ que me espere allá”.

¿Qué ocurre, Silencios? Se ha quedado usted muy quieta ¿Qué estará pasando por su memoria ahora, que tanto la acongoja?

Cuatro.

“¡No, no, no! No le pongan esa corbata, él detestaba las corbatas a rayas… decía que lo hacían ver más viejo ¡hombre pa’ pendejo pa’ esas cosas! Pero mírenlo, siempre se vio bien con ropa azul. Ay Antonio, echáme esa vaina a mí, moríte un mes de marzo, con el calor que hace, hasta muerto me echas vaina Toñito. Échenle un poco más de polvo de ese, háganme el favor, aún se le nota esa mancha en la frente, él era muy delicado con eso y no olviden sacar las flores de la capillita, nunca le gustaron, a él le parecerían una mariconería… que sí lo conoceré yo, que viví diecinueve años con él”.

Está bien que llore Silencios, veo que ha llegado a un “momento” que le ahoga; deje salir las lágrimas, que solo con ellas se lavan realmente los pesares. Llore mi querida Señora, recorra su dolor…

Tres.

“Quédense con el bendito apartamento, al fin y al cabo yo nunca me casé con Antonio porque yo no buscaba su plata ¡Ahora sí aparecen los dolientes, buitres carroñeros! Y usté Helena ¿Ahora sí eres su madre? Ahora que murió es cuando volvió a ser tu hijo ¡Váyanse al carajo con sus lujos y su fe retorcía!”

Aspire, expire…

Dos.

“¿Cuántos meses tiene Padre? ¿Cómo no se contagió si su madre estaba enferma también? ¿No tiene más familia? No tiene que decímelo, por supuesto que doña “Perfecta” Helena no lo quiere, seguro la vieja esa teme que la enferme ¿Pero por qué yo debo cuidalo? La venta de arepas apenas me da a mí pa’ viví y pagá el alquiler del rancho. Sí, eso lo sé, se le nota clarito, es igualito a él, la misma cagá. No, no será un problema. Es el hijo de Antonio, no dejaré que quede en la calle”.

Vuelva la concentración hacia su respiración, Silencios. Es tiempo de comenzar a dejar ir…

Uno.

“Ese señor es tu abuelito. No, no está durmiendo, ya está con Diosito… Sí, junto a tu papi y a tu mamá Rebeca. No llores mijo, yo estoy contigo y nunca me iré, te lo prometo. Nos vinimos pa’ este pueblo porque aquí es tranquilo, sin la buya y las loqueras de la capital ¿y viste que hay flores por todos lados? Te va a encantá la casa, allí viví yo cuando era carajita; está vieja y sola, pero la arreglaremos tú y yo, y la llenaremos de rosas como le gustaba a mi madre, que ahora es tu abuelita también”.

Sienta que flota, que se desprende del suelo. Nada le preocupa. Doña Silencios, comience a volar hacia ese lugar seguro.

Cero.

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¿Ya llegó? ¿Llegó acaso usted a su lugar feliz, Silencios?

–          Sí.

¿En su mente, ya está en esa hermosa cabaña del valle?

–          No. Estoy aquí en San Pedro, en casa, al lado de mi hijo, que es igualito e’ terco y buenmozo que su papá, mi Antonio, y junto a mi nieto, rodeados de los rosales que amaba mi mamá.

¿Se refugió en su propia casa, de donde hace un rato vino toda entristecida? ¿Por qué Silencios? ¿Qué encontró usted allí que no había visto hasta ahora?

–          Felicidad, encontré mi felicidad.

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