Des-almado (cuento)

Un color añejo y cobrizo hizo de aquel paisaje un retrato memorable. Sólo un tiempo infinito, condensado en un instante, fue suficiente para fundirlo con el vacío que me atormentaba desde las paredes resonantes de mis propias entrañas.

Entonces lo supe, había muerto en la vacuidad infinita de mis desaciertos y ni siquiera lo sabía. Ya no era dueño de mi existencia.

Volví a mirar hacia la lejanía y el silencio hizo mella en mis esperanzas. No había caso. Había perdido el rumbo, cual vagabundo errante en medio del desierto, con huellas constantemente difuminadas por el árido ventilar, borrando así el rastro de mi recorrido, único testigo de mis andanzas, de mis añoranzas pasadas, y para colmo de males, sin un camino con el cual soñar.

Quizás por ósmosis con el resto de la carne andante y pensante, o simplemente por una afinidad natural con la desidia, intenté poner mi mente en blanco, pero en blanco ya estaba, y así andaba, así y todo, respiraba. Mis manos cubrieron mi rostro con una fuerza desproporcionada, en un infructuoso esfuerzo por alejarme de esta impía existencia.

A unos metros, un nudo humeante e inverosímil de piezas metálicas daba testimonio de la abrupta desconexión entre mi cuerpo y mi espíritu, luego que un vehículo de carga pesada diera violento encuentro con mi desafortunado destino.

Y aun así, allí estaba, existiendo, caviloso y silente, sentado en la acera fría en una mañana que se me antojaba incierta, rodeado por una altisonante y melancólica urbe capaz de engullir hasta las más improbables de las inocencias. Quise hacer traspié en mi malsanas elucubraciones, pero simplemente, como dije, ya no era dueño de mí.

Desplegada yacía mi alma sobre el áspero asfalto bajo mis pies descalzos y huesudos, contaminada por la misma mugre que recubría mi piel y cada uno de mis poros.

Miré hacia abajo y me le quedé mirando, tan indefensa y frágil; alma que por tormentosa vida dejó el vuelo liviano y calló hacia las profundas reticencias de la única salida posible a nuestra mórbida existencia.

Muerto en vida me encontraba, entre vida muerta deambulaba, y lo sé, lo tengo claro, el que hasta ahora reaccione no justifica ninguna de mis retorcidas decisiones.

Comencé a temblar sin control, y sin aviso sentí el golpear macizo del tiempo en mi cara. El mundo giró de repente, grávido y blancuzco. Gotas de mi sangre amarga comenzaron a caer en el mismo asfalto que sostenía a solo unos metros mi exhumada alma.

¿No es al contrario que ocurren las cosas? ¿No deberían ser mis pellejos los que arropando estuviesen el pavimento, mientras mi ser incólume flotando estuviera en el basto infinito del tiempo a destiempo, solo ataviado por mi alma liberada y sin carnes?

Pero no, eso no era lo que acontecía.

Cuan vacía se veía mi alma, quizás por eso ya no vivía. Desgastada estaba de tanta esperanza mal habida, tanta tristeza acumulada. Sobrecargada de recuerdos vanos había estado, mientras los continuos e infructuosos intentos la habían asediado con tormentosos desengaños.

Creí que vivía, cuando en verdad tan solo existía. Fue una más de la maraña de promesas que nunca vieron su luz nacer. Ahora no soy más que un remedo de humano que por inerte ensamble perdió su alma.

No la merecía.

Un solo pensamiento carcomía entonces mi virtud desgraciada. “Engañarse a uno mismo es la más desalmada de las autoflagelaciones”.

Mascullado esto, lo acepté de inmediato, había muerto, en efecto y en ese instante, había muerto y no como metáfora aislada, sino que era una realidad inequívoca y despiadada. Mi cuerpo mundano y malogrado seguía aquí, conmigo, mientras mi alma estaba allí alejada, despegada, con su suerte echada.

Y entonces así, sin poder hacer nada, con la mirada perdida y la mente atareada, tan solo de mí, un suspiro.

Aún vivía, sí, pero des-almado estaba.

Quintín Rodríguez T.

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