Un cafecito con perspectiva y dos de azúcar.

Aquí estoy, disfrutando mis vacaciones con un cafecito en medio de la nada, volando a unos cuantos kilómetros del suelo, con destino a una tierra nueva y extraña para mi, pero con el pensamiento inequívocamente extraviado hacia la tierra que dejo atrás.

-¿Azúcar y crema?- Me pregunta la aeromosa o sobrecargo, sin perder su sonrisa ausente.
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Salir de la madre tierra, no solo puede ofrecerte la oportunidad de conocer nuevas culturas,  nuevas formas de ver las cosas, nuevas comidas  y mezclas de ingredientes culinarios; sino  que quizá lo más valioso que puedes obtener es, sin duda, perspectiva.

Ya sabes,  eso que se logra cuando pones algo de distancia entre el observador y lo observado. Cuando aprovechas una situación que te desencaja, aunque sea por un fragmento irrisorio de tiempo, de tu envolvente rutina; en este caso vale decir: el momento mismo en el que ya no  estas en esa maraña de situaciones socio políticas, económicas y hasta karmáticas que llamamos país.

-Sí,  por favor – le respondo a la joven de hermosos ojos verdes, quien sin perder la sonrisa me sirve el “tinto” en un estéril vasito de anime comprimido.
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El tiempo que vivirás aislado de tus raíces y el consecuente roce con otra cultura, tradiciones y normas;  así como la evasión de la asfixiante situación social de tu patria,  para proceder a la asimilación de otra, quizás peor,  quizás igual, quizás mejor, son determinantes para ofrecerte otro ángulo crítico de tu propio entorno… como dije, perspectiva.

¿Se han dado cuenta a qué sabe un café de esos que sirven durante los vuelos internacionales?… al mismo negro neutral que cualquier otro extraído de cualquier maquinita de café.
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Miro por la ventanilla ovalada y pienso que la cosa es que sin importar si tu viaje es corto o es de estadía permanente, con seguridad te permitirá realizar reflexiones a la luz de una realidad distinta,  con una visión crítica definitivamente diferente.

Por eso,  al igual que este rico cafecito,  que en apariencia es igual a cualquier otro,  el valor de un viaje lo determina realmente tu disposición a su pleno disfrute y al provecho que de éste quieras obtener; sin embargo, el resultado comparativo será inevitable. Porque cuando estás lejos de tu tierra es cuando más puedes valorar sus innumerables riquezas y constante locura.

-¿Algo más?- me pregunta con un inequívoco acento extranjero la hermosa asafata de ojos esmeralda.
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Mi tierra,  mi hermosa tierra, de tricolor ondulante, de arepas mañaneras, de divergencias “polito-cromáticas”,  del vivo-bobo y del chévere pa’lante es q’s; te amo,  aunque no nos debamos nada, aunque nos debamos todo.

-No, gracias- le devuelvo la sonrisa.
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No puedo evitar un dejo de angustia, por nuestra vida juntos, por el futuro de quienes en ti habitamos.

¿Seremos capaces de entenderte a tiempo, de ver nuestro amor por ti por encima de nuestros intereses individuales? (Vivos-bobos)

¿Podremos salvarte… y con ello salvarnos?

Fue entonces,  mientras divagaba, aun con el vasito de anime vacío en mis manos,  que nuevamente pasó la hermosa asafata por mi puesto,  ahora con sus manos cubiertas con delgados guantes de látex blanco y una bolsa plástica en la que depositaba los residuos. Hizo señas de que le entregara el vaso, así lo hice.

No sé si leyó en mi rostro lo que por mi mente deambulaba, o si es parte de la casi automática dinámica aprendida de servicio a los pasajeros,  pero nuevamente me sonrió y preguntó “¿Está todo bien?”

Reparé unos segundos, y no pude más que sonreír.  Fue allí,  a 33 mil pies de altura, donde caí en cuenta de la escurridiza verdad que mi esperanzado corazón sentía, no por lo que es,  ni por lo que ha sido, sino por lo que será.

– Sí, definitivamente,  todo está bien – suspiré.

Tomó el vasito y lo introdujo en la bolsa;  enseguida prosiguió su camino por el estrecho pasillo de la aeronave de cinco puestos por ilera, seguramente olvidando inmediatamente mi respuesta.
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Quizás las cosas estén difíciles,  pero es esto de la perspectiva lo que da a la esperanza y al valor un nuevo aliento.

¡Ah, Que rico cafecito! y que hermosa experiencia esta de alejarme de ti un tiempo, para poder reconocerme en tus marañas, en tus acertijos.

Mi amada Venezuela, a veces se me olvida que al igual que con cualquier otra relación,  no se requiere de entenderte para aceptarte, para quererte, para cuidarte; solo necesito vivirte con la misma intensidad que ahora te añoro y entenderme como una de las piezas de tu intrincado rompecabezas, para lograr el futuro que para los dos quiero.

Que viva tu optimismo y fortaleza y, cómo no, el divino sabor de tu cafecito y tu esperanza.

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